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Star Wars: Episodio IX – El ascenso de Skywalker

El ascenso de Skywalker es una especie de regreso a Oz, eterno y nostálgico, obviamente épico. Imperfecto, pero a la altura de la difícil tarea: terminar. Pero los mitos no terminan, se regeneran eternamente. (Casi) todas las piezas vuelven al lugar correcto, como debe ser en una saga que es más fantasía que ciencia ficción. Entonces, ya sabes, para empezar de nuevo, tienes que terminar primero.

Echando un último vistazo, señor, a mis amigos.

La historia comienza de nuevo con Kylo Ren y sus soldados Sith, el entrenamiento de Rey, el sabotaje de la Resistencia y el avance de la Primera Orden. Pero en el último Jedi y en toda la galaxia se cierne otra amenaza aún más oscura y poderosa…

Hace mucho tiempo, en una galaxia…

muy, muy lejos…

No hace falta mucho para sumergirse en cualquier película de Star Wars. Basta con las primeras notas de John Williams, la grandeza de uno de los leitmotiv más famosos y eficaces de la historia del cine. Entonces puede ser bueno o malo, pero desde los primeros fotogramas el espectador -incluso el más astuto- se ve catapultado a una dimensión narrativa que no tiene igual. Siempre rondando entre la fantasía y la ciencia ficción, la saga Lucasiana ha mezclado imágenes, saqueando con amor los grandes clásicos del cine, entrelazando géneros y culturas, inundándonos con música cautivadora y emocionantes efectos de sonido, colores brillantes y oscuros abismos, llevándonos de la mano y llevándonos de un planeta a otro, casi siempre a una velocidad vertiginosa. 

Y así, tan pronto como las notas de Williams resuenen y la escritura corra en diagonal, sabemos que tarde o temprano el Halcón Milenario nos sacará de la plaga, saliendo de la nada, con una sincronización milagrosa. Ya sabemos prácticamente todo, porque la Guerra de las Galaxias, o mejor dijéramos, la Guerra de las Galaxias, es una especie de retorno a Oz, eterno y nostálgico, obviamente épico. Es cierto para la primera aventura de 1977, también se aplica a Star Wars: El ascenso de Skywalker.

 

El segundo intento de J. J. Abrams es imperfecto, pero está a la altura de la difícil tarea: terminar. Eso es lo que se suponía que debía hacer Star Wars: The Rise of Skywalker, (re)colocar la mayoría de las piezas en su lugar, encontrar un equilibrio narrativo, también – y quizás lo más importante – un equilibrio en la Fuerza. Abre bien los ojos ante la asombrosa puesta en escena, los contrastes cromáticos (ver el incipit rojo/negro de Kylo Ren) que ya nos muestran el camino y las intenciones, sabemos que Star Wars es una cuestión de familia y destino, de especular y circular, de cargas a soportar. Pasado/presente/futuro, Jedi/Sith, luz/oscuridad, padres/hijos y así sucesivamente, con sorpresas que no son sorpresas.

Aligerado por el esquematismo que asfixió un tanto a Star Wars: The Awakening of the Force, este último capítulo pone fin a la maduración de Kylo Ren/Ben Solo, un ascenso que es también el de un actor -el conductor perdido del primer episodio parece un recuerdo lejano- y que marca el traspaso definitivo entre la trilogía original y la nueva. Entre los homenajes, los guiños a riesgo de la fanfarria y algunos cruces narrativos demasiado alegres (pero, al fin y al cabo, la libertad narrativa siempre ha sido una herencia genética de Star Wars), Abrams logra basar una especie de capítulo dos de El regreso del Jedi, pero también consigue aceptar el legado estético de la segunda trilogía y las lágrimas de Rian Johnson (Star Wars: The Last Jedi).

 

Más que las persecuciones entre estrellas y cañones, el infame local indefectiblemente desbordante de seres extraños y los enfrentamientos por aire/tierra/mar, en Star Wars: The Rise of Skywalker recordaremos sobre todo algunas imágenes sueltas, esos pequeños o grandes gestos que acompañan una despedida, la atmósfera suspendida de una entrada en escena, de una última entrada. Un asunto familiar, se dijo. Una familia extendida, incluso robótica. Memorias compartidas, recuerdos, incluso digitales. Al trazar el final, Abrams tiene que enfrentarse a todo y a todos, y es aquí donde lleva el juego a casa – más allá del embalaje, suntuoso, inspirado, punto de encuentro estético entre las tres trilogías.

Mucho menos importantes son algunos pasajes laboriosos, el afflatus político de Johnson dejado en segundo plano y algunos personajes insertados o abandonados demasiado rápido; mucho más importante es el rondar de la Fuerza, el gusto visual/cinéfilo que hace eco a Tatooine/Sentieri Selvaggi y esa épica vis desbordante que la nueva trilogía (y los dos spin-offs Rogue One: A Star Wars Story y Solo: A Star Wars Story), entre muchas dificultades y evidentes reflexiones posteriores, ha sido capaz de hacer brillar de nuevo. Como diría C-3PO, echando un último vistazo a mis amigos…

star wars

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